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Álvaro Pemper nació en Montevideo en 1965, de modo que perteneció de lleno a la generación educada en el seno del Proceso llamado Cívico Militar que afligió a la República. Pemper cursó el liceo entre 1978 y 1983, viviendo formalmente el despertar de una cultura resistente que se llamaría democrática tras la concreción de la primera presidencia popularmente electa tras la dictadura, en 1985.
Los años de aislamiento y distorsión de la información a los que estuvo sometido el país, marcaron la necesidad del surgimiento de convicciones que ayudaran a entender los procesos sociales y económicos, así como a la generación de un proceso cultural que había estado estancado tras más de una década de relegamiento y desidia. Una ebullición, catalogable de novelería intelectual y sensiblería política rápidamente abrumó las formas públicas de expresión, y saturó los medios de consignas y de estribillos alusivos a la libertad, que eran festejados rabiosamente sin escrúpulo.
Si consideramos el impacto de la recuperación de las libertades democráticas en la cultura y los cambios ocurridos en el mundo durante los 80, es fácil comprender la necesidad de buscar en el universo local expresiones que nos situaran en el mundo rápidamente, más allá de aquellas expresiones que celebraban festivamente la coyuntura histórica.
La plástica uruguaya fue particularmente pródiga durante esos años, generando un fenómeno que -aunque no ha sido sistemáticamente estudiado- fue gruesamente definido como "la generación de los ochenta". En esa generación confluyeron y eclosionaron plásticos que se habían formado sombríamente bajo la dictadura junto a una nueva generación alumbrada en la transición. Hoy son los nombres más importantes de la plástica contemporánea, referentes ineludibles de la cultura uruguaya que viven, sin embargo, huérfanos de todo apoyo estatal en medio de una incuria política incomprensible.
Álvaro Pemper pertenece a esa generación, surgiendo públicamente en 1986 y desarrollando una trayectoria singular centrada en la erótica, en el desnudo femenino y en el culto al dibujo.

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Pemper se formó como dibujante en forma autodidacta. Según sus palabras producía "excesivamente descriptivas escenas monstruosas, fruto de la devoción teratológica de un adolescente" donde abordaba temáticas como el hermafroditismo, la deformidad y la zoomorfosis, dibujadas a lápiz con una minuciosa técnica y un regodeo microscópico en el detalle. En el año 1995, urgido por la necesidad de pintar pero conscientemente cautivo por la técnica generada por sus dibujos, decide ingresar a un taller -el de Hugo Longa- para aprender los rudimentos de la pintura.

Me di cuenta, un poco torpemente pero me di cuenta, de que el predominio de la línea, de lo lineal, consecuencia del trabajo con tintas o con lápiz, me había encerrado un poco. Llegué a hacer un dibujo muy maniático, muy detallista, y me daba cuenta de que no había lugar para el color. Los pocos intentos que había tenido de trabajar con el color eran con acuarelas, y habían sido altamente insatisfactorios. Entonces pensé que para ingresar a una de las técnicas mayores, yo pensaba en ese momento en el óleo, precisaba la apoyatura de un taller que me enseñara básicamente técnicas, yo estaba desesperado por aprender técnicas. Cuando entré a lo de Longa me di cuenta que me faltaba mucho más que eso. No era sólo una cuestión de técnicas: era aprender a ver e intentar aprehender un difuso conocimiento que sobrevolaba, que no se aprendía con lecciones sino por una especie de permeación o una ósmosis.

La figura de Hugo Longa, solitaria y enigmática , emerge hoy como la figura más singular de su época. Muerto tempranamente, su carrera se cortó en medio de una desenfrenada producción de una pintura salvajemente dramática, atravesada por fogonazos de sátira burlesca, en la cual el empleo irrestricto del color y la violencia expresiva resultan completamente innovadores dentro de la pintura uruguaya.
Su taller vivió una etapa particularmente ebullente a mediados de los ochenta, donde concitó la atención, el elogio y también el rechazo. Pemper ingresó a los 19 años y se formó durante un año bajo su particular estilo de docencia. Pemper recuerda que

El método de Longa era justamente la ausencia del método y la crítica fundamental que se hacía desde otros talleres y desde otros ámbitos era justamente porque era libérrimo. O sea que si tu te equivocabas te equivocabas feo; o aprendías o te estrellabas. Eso te hacía estar alerta, porque no había un dogma en el que pudieras descansar. Era un tipo de magisterio que te obligaba a ir confusamente, torpemente, elaborando tu rol de discípulo, que es la forma natural en que tú te vas cercenando la libertad que se te había otorgado. Y esa decisión es la más importante, porque es discriminatoria: la libertad te fue dada para que la sacrifiques. Si no entendés eso te hundís en la autocomplacencia.

En el taller de Longa, Pemper descubre las posibilidades del collage como técnica, inaugurando así una serie de trabajos con los cuales se daría a conocer públicamente y una técnica que exploraría a lo largo de tres años.

Cuando yo empecé a pintar en lo de Longa me di cuenta que estaba demasiado atrapado; realmente no había manera de que pudiera librarme del trazo. Justamente el centro de la obra de Longa por entonces era el collage. Hugo trabajaba con el collage con papel y con telas, entonces yo empecé naturalmente a tratar de experimentar con eso porque además, no premeditadamente, resultó ser una manera en la cual podía distraerme de la línea. Al trabajar con el collage, vos trabajás con líneas ajenas, ya fuera recortando figuras de fotografías o incluyendo cosas derivadas del azar tras el corte de la tijera. Eso te llevaba a que tuvieras que componer las figuras ya no directamente con esa cosa tan inmediata que es el lápiz, sino tratar de ir viendo a dónde te llevaba el azar, en cierto modo.

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En 1989 Pemper abandona el collage retornando al dibujo y, purificado tras el tránsito por el collage, a la pintura. El dibujo minucioso de los orígenes dejó paso a un predominio de la línea, una línea que Pemper descubriría vinculada a la tradición de la línea orgánica preconizada por el Art Nouveau. Pemper encontró en el legado del Art Nouveau, particularmente en la Secesión Vienesa, y en las figuras de Klimt y Schiele una suerte de usina generadora.

Cuanto más ahondaba en el conocimiento de esa época, más vastos me parecían los caminos trazados, insinuados y nunca continuados y más inconcebible me parecía el desperdicio. Soy bien consciente de las causas históricas que llevaron a la cancelación de una sociedad que produjo ese arte, pero mi mirada era una mirada tras un siglo, con toda la distancia que eso implica.

En su muestra de pinturas de abril de 1989 en el Cabildo de Montevideo, Pemper mostró grandes pinturas sobre papel (200 x 150 cm) en las que planteaba su primer abordaje a la temática femenina: grandes figuras hieráticas que se definían como burlescas alegorías (Alegoría del Encierro, Alegoría de la Patria Guerrera) o como tópicos femeninos de crueldad y muerte (Salomé). El erotismo larvado en esas imágenes se tornó mucho más explícito en 1991, en una muestra realizada en el Museo de San Fernando de Maldonado junto a Eduardo Cardozo y Fernando López Lage.
En ese año, Pemper se unió al Taller Buenaventura, junto a Virginia Patrone, Carlos Musso y Carlos Seveso, con los cuales le unía una profunda afinidad estética.
En 1993 expone en el Club de la Pinacoteca, mostrando los frutos de su perseverancia y los resultados de su incursión en un tema que lo obsesionara desde su infancia: la mitología clásica. En palabras de Alicia Haber
Alvaro Pemper es un artista fuera de serie. No sigue ninguna de las tendencias en boga; es en el Uruguay de hoy una especie exótica que podría clasificarse como neo-art nouveau o neo-simbolista. (...) Sus expresiones siguen siendo desacralizadoras, continúan sirviendo de aguijón, prosiguen denotando angustias y mantienen testimonios de conflictos profundos. (...) A.P. acude a la mitología clásica para explorar los temas de la lujuria, del sexo, del coito, de la muerte, del erotismo cruel, de la pureza, de la impureza y de la ascención a través del sacrificio y de la mutilación. (Diario El País, 9 de julio de 1993)

En esta muestra se expusieron obras en gran formato, como era tradición en Pemper hasta la fecha, pero junto a éstas se exhibió una gran serie de pinturas sobre papel en pequeño formato centrada en el mito de Leda y el cisne. Esta serie fue inaugural dentro de la producción del artista, ya que nunca dejará de trabajar en pequeño formato sobre papel, ya que le permitirá un manejo más fluido y torrencial de sus ideas. Esto cambiará también la óptica y la línea de Pemper. Ya no recurrirá a la distancia generada por las alegorías hieráticas, y el punto de vista se acercará y la línea se regodeará con la descripción de la docilidad erótica de la carne.
La óptica se tornará más intimista aún en su participación en la muestra Quintaesencia que en Galería Praxis de Buenos Aires reunió a Barea, Patrone, Seveso, Musso y a Pemper. En este caso los desnudos, contenidos en ámbitos íntimos, como alcobas o baños, referían a procesos aún más íntimos como la higiene personal, la masturbación o la simple indolencia. Lo femenino cobra cada vez más autosuficiencia, de modo que el espectador se ve convertido en un involuntario voyeur.

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En el año 1995, Pemper se embarca en dos proyectos relacionados con el dibujo, disciplina que defiende y exalta desde sus orígenes. Una muestra individual, Anástasis, en la Alianza Uruguay-EEUU, donde se centra en la figura de una niña, Anastasia, la hija asesinada del fusilado Zar de Rusia. Dijo Pemper por entonces que

El tema es la recuperación del cuerpo de la Princesa Anastasia de Rusia. Es arduo, es delicado, se trata de recuperar el cuerpo de una casi niña de 14 años que fue fusilada en el año 1917. La muestra va a constar de distintos dibujos sobre el cuerpo desnudo de esa niña. Una pequeña resurrección. Apenas eso.
(A.P. en entrevista con A. Torres, Brecha, setiembre de 1995)

En esa muestra Pemper jugó con un espacio inmaculado, blanco, donde los grandes dibujos se fundían sin enmarcado sobre la pared. El resultado, tras el peso sobrecogedor de la historia, era el de una suerte de tabernáculo donde se veneraba la inocencia. Dice Alfredo Torres que

Instaura la pérdida del cuerpo inocente, sin redención, sin expiación posible. No es mártir, no es compensada con la santidad institucional, es apenas un nombre en una página tempestuosa de la historia humana. Quizás por todo eso es que Pemper decide darle una resurrección física al virtualizar su cuerpo en la imagen dibujada. Quiere concederle su personal redención. Y para ello la transforma en mito. (A. Torres, ibid.)

La segunda muestra centrada en el dibujo, Eutrapelia, se exhibió en el Museo Blanes, donde junto a Virginia Patrone exhibieron un conjunto bocetos y estudios previos, en una exposición que contó con la curaduría de Gabriel Peluffo. Bocetos correspondientes a varias épocas, todo ese trabajo de taller que nunca se ve y que muchas veces se pierde, ese fue el corpus de esa muestra sin precedentes, que mostraba la mecánica de un taller y la inmensa vitalidad del dibujo como herramienta. En palabras de Peluffo, el dibujo

...se convierte en un hecho autónomo, vivo, que desnuda el proceso de la idea (el de su génesis intencional) y revela impúdicamente un teatro de apuestas e indecisiones encubierto tras el telón autoritario de la pintura, como realidad acabada. (...) Un dibujo que, utilizado a modo de bozzeto académico, es decir, con un sentido preparatorio y proyectual, alcanza notoria independencia como sistema expresivo.

A partir de ese año, Álvaro Pemper no realizó más exposiciones en Montevideo por un espacio de seis años, con la excepción de obras participantes de salones montevideanos, que le reportaron el Premio Municipal en el Salón de 1998.
En 1997 exhibió pinturas junto a Virginia Patrone en la Galería Sur de Punta del Este. La generosa exposición permitió desplegar una coherente selección de lo trabajado pictóricamente en los “años del dibujo” (1995-1996). Lo insinuado en la exposición del Club de la Pinacoteca cobró sustancia y se afirmó en una segura pintura, íntimamente anclada en profundas geometrías y substancialmente erótica. La serie de Leda y el cisne, iniciada en 1993, alcanza su apoteosis y su necesaria conclusión. Quizás la faceta lúdica de su primera emergencia se ha visto disminuida, dejando lugar a un pathos que era, inicialmente, impensable. Junto con esa nueva complejidad, es necesario apuntar el refinamiento de sus dotes de dibujante, como constata el crítico Alfredo Torres:

(…) una vez más, Pemper vuelve a ratificar sus notables dotes como dibujante; fuera y dentro de la pintura.

Y acota:
Para Pemper la mujer es el luminoso objeto del deseo. La vecindad del paraíso, el reverenciado jardín de las delicias.
(…)
Sin embargo, su mirada displicente instaura el secreto, lo que no se exhibe, lo que se oculta. Es decir, lo místico. La pintura parece haber madurado de manera considerable.
(Alfredo Torres, Posdata, enero 1997)

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En febrero de 2000 exhibe una selección de obras que abarcaban desde grandes pinturas sobre papel realizadas para la Bienal Vento Sul (sólo exhibidas en Brasil en el año 1996) hasta obras recientes que inauguraban nuevas series y caminos, como la Serie de las Contorsionistas, en la Galería La Oriental de Manantiales, Punta del Este, Uruguay.
En 2001, tras seis años sin exponer en Montevideo, el Club de Arte dirigido por Silvia Listur y la Asociación de Artistas Plásticos de Uruguay organizan una exposición de sus pinturas en el Molino de Pérez. Allí exhibe la Serie de Las Contorsionistas, en las que venía trabajando desde fines de 1999, un tema que había definido como “un arabesco de la erótica”.
Entrevistado por Gustavo Laborde, declaró:

El tema básico es la erótica, una disciplina que tiene que ver con el misterio. Todo lo que se genera a partir de la erótica es porque no se entiende la atracción, lo que motiva el surgimiento del clto a la erótica supone un misterio que no se alcanza jamás a comprender. Se persigue una respuesta que jamás se alcanza y que cada vez está más lejos. Cuanto más respuestas, más lejos se está de la explicación. (…) Es uno de los pocos misterios que nos quedan y uno de los más compartidos.
(Diario El País, julio 2001)

La meditación erótica suscitada por el cuerpo femenino vuelve a ser el tema privilegiado en esta muestra.

En esta muestra presenta la Serie de las Contorsionistas, en la que el artista exaspera la Erótica deformando con belleza el cuerpo con diversos arabescos. Pemper busca y logra una estructura que se cierra sobre sí misma y propende a “una lectura circular e hipnótica, ofreciendo y ocultando con desborde y descaro”, tal como él msmo lo define.
(…)
En ocasiones la genitalidad queda a la vista, sin agredir, sin vincularse a la temible vagina dentada de los surrealistas, sino como órgano de hermosura (…) acentuando lo orgánico y lo femenino.
(Alicia Haber, Diario El País, agosto 2001)

La exposición reunía 11 obras sobre papel, ejecutadas entre 2000 y 2001, y una gran tela que ejercía, ambivalentemente, de corolario y elemento detonante, de acuerdo a cómo el espectador organizara su lectura de lo exhibido. El conjunto era, últimamente, indivisible, un todo absolutamente interrelacionado, húmedamente entretejido. Como se apunta en el siguiente párrafo:

Hay una gran densidad lúbrica en estas pinturas, donde el tono subido de la paleta se suma al erotismo de las poses hasta conquistar los motivos ornamentales de fondo, homenaje vegetal a un mundo que promueve la fecundidad y la voluptuosidad sin límites.
(Pablo Thiago Rocca, Semanario Brecha, agosto 2001)

En noviembre de 2001 obtiene el Gran Premio Municipal de la ciudad de Montevideo, con una gran pintura que continuaba y se demoraba en el espíritu insinuado en esa exposición.
En ese mismo año, y junto a otros 11 artistas, crea el grupo de Talleres del Mercado, un conjunto de talleres autogestionados abiertos al público en la Ciudad Vieja de Montevideo. El grupo estaba integrado por artistas cogeneracionales, de diversa extracción y formación, unidos por la extensa trayectoria y la permanencia antes que por similitudes o escuelas.

Frente a la crisis hay opciones. Una de ellas es buscar caminos que se apoyen en la iniciativa grupal privada y se aparten del trillado recurso de pedir ayuda a las desfinanciadas organizaciones públicas. deseando proyectarse tanto en este medio como en el exterior, doce creadores de primer nivel están desde hace un tiempo generando iniciativas propias.
(Alicia Haber, Diario El País, marzo de 2004)

El colectivo de artistas promovió y realizó, en 2003 y 2004, 12 muestras en Europa en las que se exhibieron 120 obras, muchas de ellas de gran formato, en Munich, Frankfurt, Berlín, Viena, Barcelona, Cadaqués y París, demostrando que era posible organizar -conlos escasos medios que derivan de la autogestión- una difusión adecuada del arte contemporáneo uruguayo, tarea para la cual el estado uruguayo se ha mostrado, desde hace largas décadas, por siempre omiso. La administración no entendió necesario apoyar el emprendimiento, ni tampoco aprender de él.

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A principios de 2004, Pemper emigra a España, radicándose inicialmente en Barcelona. Entre junio y octubre de ese año, genera junto a Virginia Patrone otra experiencia de taller abierto al público en el barrio del Born, en Barcelona, donde expande y multiplica una serie de pequeñas pinturas sobre papel iniciadas en Montevideo, La serie de las cabezas, en las cuales despliega una tarea de scriptorium, en la que, cual iluminador medieval, trabaja con variada técnica (acrílicos, lápices de color, tintas, pasteles oleosos, ceras) en la descripción de la cabeza femenina, en una serie que

(…)pretendía en sus inicios agotar las posibilidades de descripción del perfil imaginado. Todo comenzó como un juego, ajeno a las dimensiones ulteriores. Pronto entendí que estaba ante una suerte de laberinto infinito, o de una hidra, para ser más exactos, y que el final no existía. Hoy es casi un laboratorio, además de ser una suerte de catálogo, un punto de encuentro de ideas y de fabulaciones, una ventana siempre cambiante donde me relaciono con el rostro, ese gran exudado de la memoria.

En 2005 se traslada a Madrid.
En octubre de 2006 exhibió en la Galería del Espacio Sinsentido, en Madrid, los grafitos de La serie Negra, su producción más reciente. En 2003, Pemper había comenzado su trabajo en los dibujos de esa serie, grafitos basados en la descripción de torsos atormentados por cicatrices y amputaciones, y que tienen su remoto precedente en una serie de pinturas del año 1992 que representaban la mutilación de los miembros como metáfora de una oscura ascención y purificación.
Los dibujos -realizados entre 2003 y 2006- describen, con una cuasi fría óptica anatómico quirúrgica, una colección de cicatrices y mutilaciones que oscilan entre lo terrible y lo tocado por la gracia.
Dice su propio autor:

Nos ha sido dado este cuerpo, y más allá, la condenación o la gloria. Pero antes de ese destino, ¿qué hay? Un cuerpo que puede perder su entereza, que puede, tajeado y sajado, subsistir aunque no perdamos la vida. Damos por sentados los brazos, pero ¿qué sería de cada uno de nosotros en caso de perderlos? ¿Nacería acaso una nueva belleza, una belleza subyugada, una belleza menor? Y con respecto a las partes blandas, ¿qué es un tajo en esas carnes, tan a menudo olvidadas, ceñidas por el cinturón, contempladas vagamente de perfil mientras consentimos vestidos y pantalones? Un tajo, una grafía quirúrgica, la grafía de la mutilación. Una grafía imprevista, que modifique el arcano paisaje. Hay una belleza en todo lo creado, eso es claro. Cuerpos humanos, fieras encogidas en su salto, caracolas, insectos bellamente simétricos. Pero ¿hay una belleza en lo modificado? Si hay un Dios rector, más allá de un Creador, cada tajo, cada pérdida de la forma, también será a Su imagen. Quiero creer eso, más allá de otras cosas.
Estos dibujos buscan, vagamente, casi a ciegas, encontrar una armonía en lo enormemente antinatural. Cicatrices, miembros perdidos, miembros adicionados. Todo obedece a una oscura topografía no creada, sino que modificada. Dios nos absuelva, a mí, y a todos.
(Á.P., en entrevista con Miguel Ángel Pacheco, octubre de 2005)

Paralelamente, Álvaro Pemper trabaja en varias series y proyectos coexistentes.
En 2009 exhibe parte de una de esas series, las Cabezas, una serie de pinturas sobre papel en pequeña escala, en la Galería del Paseo, Punta del Este, Uruguay.
Jeremy Roe, Research Fellow de la Universidad de Nottingham, ha observado que

Las cabezas-camaleón de Pemper son vívidas evocaciones del origen de la mutabilidad de la humanidad; más allá de las tumbas patriarcales de los Olímpicos, la Antigua Diosa mira a través de los ojos de las cabezas que cuelgan delante nuestro. La Diosa vuelve a vivir bajo la apariencia de sus hierofantes, a través de las cuales ella atestigua las transmutaciones humanas a lo largo de vidas enteras y obser va nuestras elecciones, devociones, sacrilegios, sacrificios y desacralizaciones. La búsqueda continua de Pemper en la figura humana y su dialéctica de materia y espíritu, su mutabilidad, esto es, sus placeres, sus dolores, su presencia, llevada a cabo por medio de la pintura y la línea, lo conducen inevitablemente al mito.
(Jeremy Roe, ensayo introductorio a la exposición, febrero de 2009)

A fines de 2009 se radica en Barcelona.
En marzo de 2010 exhibe Los sueños de la caja del cerebro, pinturas de la Serie de las Contorsionistas, en la Malt Cross Gallery, Nottingham, UK.
La serie, comenzada en 2000 como unas pequeñas pinturas sobre papel, se transformó en un tema recurrente y muchas veces monopolizante, un punto de partida y de regreso para una vasta disquisición pictórica sobre la Erótica, y que muchas veces funcionó como un extraño contrapunto a las ascéticas mutiladas de la Serie Negra.

Las contorsionistas, el otro gran tema que me ocupa en estos momentos, son casi el reverso de una medalla: cuerpos intactos ensayan poses no conformes al canon. Podría casi decirse que emulan la mutilación y lo deforme, casi escenificando una parodia de la pérdida de la uniformidad otorgada. Técnicamente, el abordaje es muy distinto: son pinturas sobre papel y sobre tela, donde el color es absolutamente protagónico. A diferencia de la Serie Negra, aquí los rostros son evidentes y también protagónicos, al mismo nivel que los miembros contorsionados: en cada pintura hay una intención de contener la mayor cantidad de cuerpo posible, de modo que la contorsión queda contenida a su vez en un espacio celdario.
(en entrevista inédita con la revista Supererótica, Montevideo, noviembre de 2008)

La exposición en Nottingham sufrió un intento de censura por parte del consejo de administradores de la galería, de modo que una semana tras la inauguración la muestra fue clausurada unilateralmente por parte de Pemper.
Esas mismas obras se exhibirán el 18 de marzo de 2011 en la sala del Espacio Infame de Barcelona. A propósito, Jeremy Roe comenta que

Es singularmente fuerte en el compromiso crítico de Pemper con el género del desnudo la distancia que guarda con respecto a cualquier simple naturalismo. Algunas veces los cuerpos que representa se mezclan con el la intrincada y elegante decoración, el plano de la pintura titila otra vez cuando las figuras flotan en el espacio al tiempo que nunca reniegan de su presencia como arte, línea, color sobre tela.
(…)
El arte -especialmente la pintura, y una obra como la de Pemper- desafía las condiciones visuales del cuerpo desnudo que vemos en la calle, las páginas y las pantallas que nos rodean. Las contorsionistas no se mueven, flotan ante ti absorbiendo tu mirada, y por lo tanto, confrontándote contigo mismo en vez de meramente distraerte con una miríada de encantos baratos y falsas delicias celestiales. Es su presencia y la firme reciprocidad de tu mirada la que construye una intervención artística en la idea y el pensamiento actual acerca del cuerpo.
(Jeremy Roe, Las Hijas de Eurídice, ensayo analítico para la exposición, marzo de 2011)

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Álvaro Pemper ha obtenido numerosos premios y menciones, entre los que se destacan el Gran Premio del Salón Municipal de Montevideo (2000), el Primer Premio en el Salón Municipal en dos ocasiones (1987 y 1998), el Primer Premio en la Bienal de Plásticos Jóvenes de 1989 y el Gran Premio 80º Aniversario de UTE en 1992.
Representó al Uruguay en la Bienal de Cuenca, Ecuador (1994), en la Bienal de Valparaíso, Chile (1994), en la muestra VENTO SUL, Brasil, (1996, Río de Janeiro, Brasilia, San Pablo, Sta. Catarina, Porto Alegre) y en la 7ª Bienal Chandon, Salón de la Joven Pintura, Buenos Aires, Argentina (1999)
Sus obras se encuentran en la colección del Museo de Bellas Artes Juan Manuel Blanes, Montevideo, en la Pinacoteca del Palacio Legislativo de Montevideo y en colecciones particulares uruguayas y extranjeras. A partir de 1994 sus obras están en exhibición permanente en la COLECCIÓN ENGELMAN-OST, en Montevideo.

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